Hoy estoy espesa porque estoy saturada, tan cansada de recibir exceso de información y estar todo el día pendiente de mis responsabilidades, que ni ganas tengo de dedicar esa delicia que es un viernes por la tarde a alguna de las aficiones que no me faltan. Eso me fastidia, porque me da la sensación de que el trabajo o mi exagerado sentido del deber, que también puede ser, está robando tiempo que no le corresponde.
Sueño con ser escritora y ganarme la vida escribiendo, algo que no descarto porque estoy en condiciones de intentarlo, ya que no necesito ingresar dinero con mis libros para vivir. Lo cual significa que escribo de forma remunerada o no. Pero escribir también exige un esfuerzo y una disciplina que se suma a mi trabajo, que me encanta, no lo niego, pero absorbe mucho de mí, y a la observancia más o menos estricta de lo que como a diario para no ponerme como una vaca, y a mantener una casa con jardín que genera mucho más trabajo que un piso, y a la constancia de esforzarme físicamente a diario para mantener la funcionalidad de un cuerpo que ya requiere más atención. Si me agoto solo de describirlo, imagínense hacerlo y sí, estoy saturada, cansada, sobre todo mentalmente. Necesito urgentemente desconectar.
De modo que, entre los muchos hobbies que practicar un viernes por la tarde, he escogido el que menos esfuerzo me lleva y más me desahoga, ¿adivináis cuál? ¡No! ¿En serio? ¿Escribir en este blog pseudo-oculto que visito de vez en cuando? ¡Anda ya!
Llevo tiempo queriendo hablar de las alegrías de vivir en el campo, pero hoy es un día trágico, los últimos días lo están siendo en general, para muchos habitantes de zonas rurales. Así que, en su lugar, hablaré de ese miedo instalado en la trastienda mental de todos los que habitamos estos lares, hoy tristemente hecho realidad: el miedo al fuego.
Este miedo es algo que notas en todo el mundo cuando vives en el campo, especialmente en verano. Llevas al perro a la guardería canina del pueblo cercano y mientras el dueño, un tipo excéntrico y maravilloso que sabe un montón de canes y habla por los codos, te cuenta la ampliación que ha hecho recientemente del recinto y cómo es su servicio de rescate, porque además de guardería es centro de protección animal, de pronto suelta mirando al campo inmenso que rodea los límites de sus instalaciones "lo malo es el fuego, eso sí que me da mal rollo".
Lo ves en el mensaje a deshoras del grupo de Whatssap de vecinos, cuando alguien escribe que huele a quemado y pregunta si los demás también. En los carteles del Ayuntamiento recordando la obligación de desbrozar las parcelas. En las amargas quejas del que le ha tocado al lado el típico incívico que ha dejado que el matorral seco alcance alturas peligrosas en la suya. En cómo vuela la noticia de cualquier incendio en los alrededores, aunque sea minúsculo y lo hayan apagado a zapatazos. En los insultos al gilipuertas que ha encendido una barbacoa pasándose por el forro la prohibición municipal o en que el primer comentario que te viene a la cabeza cuando pasas frente a una parcela magnífica con unas vistas que quitan el aliento sea lo pegada que está al bosque y que ni de coña ponía yo mi casa ahí.
Mirando por la ventana de casa, a ese campo agrícola del que ya os he hablado, me he preguntado más de una vez por el riesgo de que el fuego llegue a nuestra propio hogar, este que hemos elegido y acondicionado con tanta ilusión, y en el que confiamos, eso queremos, pasar el resto de nuestros días.
Quieres pensar que no, que ese campo arado tiene que ser un cortafuegos de lo más efectivo, pero luego ves en las noticias llamas de diez metros de alto, calles enteras, de las de hormigón, asfalto y grava, con coches calcinados o que se ha quemado el parque de bomberos de San Martín de Valdeiglesias, que hablamos de un recinto con el suelo de cemento, oiga. Y te das cuenta de que no sabes nada del fuego, y miras ese árbol que el dueño anterior plantó junto a la ventana de la cocina, el seto de arizónica que de repente te parece pegado a la casa, tus propios muebles de jardín junto a la fachada de atrás, y piensas, te preguntas, si tu idea de que a tu casa no es tan fácil que llegue el fuego tiene base real.
Eso yo, porque Mr. Right, que tiene un optimismo indestructible, vive convencido de que ese campo agrícola no se lo salta una bomba atómica. Que a lo mejor tiene razón. Ojalá.
El caso es que hoy el cielo está amarillo y el sol rojo, mi coche está cubierto de cenizas, huele a humo y me lloran los ojos, y el entorno está gris, como de lluvia, pero la nube que hace ese efecto no es de agua, sino del incendio de La Mierla. Treinta y dos mil hectáreas de naturaleza quemada. Hace unas semanas escasas, recorrimos Right y yo parte de nuestra provincia, Guadalajara, que a veces creo es una enorme desconocida, porque no se habla de ella y la riqueza de su paisaje natural quita el aliento. Y me duelen esas hectáreas como la gran tragedia que es, y me identifico con los habitantes de esos pueblos que han tenido que dejar su hogar con lo puesto, sin saber si alguna vez lo volverían a ver. Por si fuera poco, tengo familiares evacuados porque su urbanización, gemela de la nuestra, ha sido presa de otro incendio en Madrid, cruzando los dedos porque sus casas sobrevivan a semejante barbaridad. El peor fantasma del campo se hace horriblemente real.
El cielo hoy en mi urbanización
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