NOTA DE ADVERTENCIA: esta entrada habla de una cosa que muchos prefieren obviar o que por las circunstancias personales de cada uno, puede herir la sensibilidad: la muerte. También de esa enfermedad horrible que sin decir el nombre todos sabemos cuál es (en la entrada la nombro, tengo mi propia opinión al respecto) Finalmente, se exponen mis creencias personales, que pueden no coincidir con las tuyas. Si no te apetece, no te viene bien o no te sientes a gusto tratando estos temas, por favor, omite esta lectura.
Yo soy mucho de idealizar, de vivir en mi cabeza. Creo que es por dos razones: (1) en el pasado necesité huir con frecuencia de una realidad bastante horrenda y (2) me ayuda a prepararme para un posible futuro no muy halagüeño. También soy dada a analizar, ya se ve. Y a imaginar escenarios idílicos, tan idílicos que convertirlos en realidad es casi misión imposible.
Entonces llega la Parca, la Tiznada, la Huesuda o llámenla Muerte, por su propio nombre, y te pone en tu sitio de un tortazo. Primero, con amenazas: la del cáncer, esa enfermedad ODIOSA, de un pariente cercano. Ojo, te avisa, bajándose con un índice todo falanges el párpado inferior inexistente que no cubre una cuenca vacía; ojo, que esos buenos ratos de felicidad futura, que has imaginado y aún están por ocurrir, a lo mejor no llegan: depende de lo que yo decida. De momento nos has dado un respiro, pienso, callando en mi impotencia. Pero ahí está, mirándose las uñas con la indiferencia de un psicópata, mientras bosteza aburrida, aguardando entre sombras, como hace siempre, aunque no la veamos. Siempre está ahí, acechando, a veces insinúa su presencia, como el año pasado, cuando se asomó para decir "¡Bu!"; otras se presenta de golpe, sin esperarlo, y nos vamos al carajo sin que nos de tiempo a decir "hola". Que se insinúe a otros y no a ti, no significa que estés a salvo. Sólo está esperando a que te llegue el turno.
Habrá quien esté pensando que a qué viene esto, Amaranta. ¿Qué mal aire te ha entrado para que tus entradas, valga la redundancia, adquieran este tono lúgubre, malagorero (acabo de inventarme el adjetivo) y hasta podría decirse, una intensidad pestiña que hace trabajosa su digestión? Pues eso, que a la Huesuda le ha dado por abofetearme el morro. En modo amenaza, por el momento, pero suficiente para producirme desgaste y reflexión casi a partes iguales. Y obligarme a tomar perspectiva de un guantazo.
2024 fue un año fétido para la que suscribe. Con esa capacidad humana casi instintiva para acogerse al pensamiento mágico, una parte no consciente de mí pensaba que este año, por compensación, tocaba resarcimiento, y por tanto 2025 traería una mejor cara. Pero no. A veces pienso que si creyera en los astros, así es como debe de sentirse cuando están cruzados. O invertidos. O lo que sea que hagan los astros para complicarlo todo ¿ponerse retrógrados, tal vez? Whatever.
He pasado por cosas peores. Claro que sí, mucho peores. Pero que haga más frío en Siberia no quiere decir que no lo pase mal por el hielo amontonado en mi jardín. Este año, que hoy cumple su primer trimestre, está trayendo lo que el anterior, lo muy bueno y lo muy malo, pero sobre todo, la misma exigencia de seguir escalando y escalando por un camino empinado que constantemente requiere esfuerzo y para el que hay poco reposo. El mundo parece descolocado, me roba un tiempo, el mío, que se desliza por un reloj de arena, el que sujeta la Parca mientras aguarda en las sombras con una sonrisa maléfica. Algún día, el último grano caerá, y no quiero que me encuentre soñando sin haber tejido esa bufanda, escrito ese libro - cuando mejor escribo es cuando estoy más tocada, porca miseria - o abrazado a ese ser querido. No quiero que me encuentre creyendo que aún tengo tiempo, mirando al futuro como la tonta que mira a un dedo que apunta al sol, lamentando lo que perdí sin disfrutar lo que tengo. Aunque lo peor, lo más duro de todo, es que no quiero y eso no puedo evitarlo, perder lo que más me importa, perderlo todo, hasta a mí. Sólo es cuestión de tiempo.
No me da miedo la Muerte. Es curioso que pueda decirlo, siendo verdad, porque siempre le tuve terror. No a desaparecer, sino a lo que venía después. Cortesía de un fundamentalismo cristiano del que pude verme libre a tiempo y cuya mala experiencia, contradicciones de la vida, dieron por fruto a una atea. No me da miedo porque ya he estado muerta, durante eones enteros, antes de nacer, y a ese estado volveré cuando muera, a la nada que era antes de ser. Tranquilos, no me estoy muriendo. Que sepa yo, por lo menos. Se muere un ser que adoro, un miembro de mi familia. Mi pequeño gángster, que no es un gángster, es mi Gordito, mi Pelotita, aunque Right le llame "el sherif" y "Don Vito" y "el Corleone". Mi gatito cumple este mes, el día 4, catorce años y todo apunta a que quizá no llegue al mes siguiente. Es la primera cosa preciosa que se me va en esta vida que he tardado otra entera en construir, después de un sufrimiento horrendo, que no voy a recordar ni a contar aquí ni ahora. Esta vida idílica que a veces pienso que sueño más que vivo, pensando en todas las cosas que quiero hacer, construirles a los peluditos una casa de cartón, ponerles unas estanterías para que trepen, pasar más tiempo con ellos y mientras sueño, haciendo otras cosas, trabajando como una burra en un trabajo que no me da un respiro ¡paf! la Parca me da una bofetada y alza ante mí un reloj enorme, siniestro, espeluznante, con toda la arena gastada, a falta de cuatro granos a punto de caer.
No me da miedo la muerte. Me da miedo el sufrimiento y el olvido. Me da miedo que se vaya todo lo que significa algo en mi vida. Me da miedo la estupidez, la locura humana, la falta de empatía, la maldad, la codicia, el narcisismo. Me da miedo estar muerta en vida, vivir soñando o no vivir en absoluto. Me da miedo la destrucción. Pero sobre todo, me da miedo que mi corazón vaya perdiendo un pedazo cada vez que se muera un ser querido.
Siento mucho lo de tu gatito. Tener fe es un consuelo si piensas que la muerte no es el final. Un beso
ResponderEliminarMuchas gracias, Susana. Un beso.
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