El 4 de abril pasó un año desde que se fue mi peluche y todavía recuerdo la forma en que se ponía panza arriba, estirando una pata en el aire para mantener el equilibrio y no salir rodando, porque estaba bastante gordito. Recuerdo su carita y sus ojitos y su voz, no se me ha olvidado nada, como temía, y eso me tranquiliza. Además, tengo sus vídeos y fotos. Y la suerte de haberle tenido en mi vida catorce años. Ahora puedo recordarle sin llorar y por fin he podido volver a ponerme la gabardina que llevaba cuando me despedí de él, que no había vuelto a sacar del armario.
Hoy voy a hablar de otro pequeño gran ser que me alegra la vida y lleva más de dieciséis años conmigo, su hermana Enya, la reina de las hadas de mi cuento, también conocida como la princesa de la nariz rosa. Enya es una abuelilla atómica, se levanta juguetona por las mañanas, hasta el punto de que como no madrugue, maúlla hasta sacarme de la cama porque nadie le tira los ratones de peluche para que los persiga como mamá. Al levantarme, tengo la costumbre de jugar siempre con ella un rato, para después ponerme un café y escribir unas páginas (eso que ahora llaman journaling para que parezca más chic y no es más que escribir el diario de toda la vida) Ella siempre se sube conmigo a la mesa donde escribo, y se pone panza arriba haciendo caracolillos. También me roba el posavasos, uno de corcho de Ikea, en cuanto levanto la taza, así que siempre me llevo tres, para que ella vaya jugando (le encanta afilarse las uñas en ellos por ser de corcho) y yo poniendo la taza de café en el que quede libre. Os imagináis la pinta que tienen ya los posavasos, parecen roídos por los ratones, pero hace mucho que me di cuenta de dos cosas. La primera, que es infinitamente más importante tener amor en casa que la casa perfecta y la segunda, que eso que ahora te parece un estropicio será una reliquia muy cercana a tu corazón cuando los dueños de las patitas que lo han causado ya no estén.
A Enya le gusta subirse en lugares raros, la campana extractora de la encimera, el microondas, o el frigorífico. También el color rosa (prefiere los ratones de ese color, rosa fuerte) y en cuanto a las pelotitas, robó una bolita plateada del árbol de Navidad, muy refinada ella, y desde entonces la tenemos para jugar. Además, es una diva para comerse con patatas. Un día, me estaba yo duchando cuando oigo unos maullidos que me hacen bajar corriendo, en toalla y chorreando agua, y no eran sino exigencia; la princesa estaba en la terraza del porche y exigía, ojo, no pedía, que se le abriera la puerta. YA MISMO. Eso sí, cuando lo hice, tuve que esperar a que se tomara su buen par de minutos en afilarse sus reales uñas en el felpudo de la entrada, porque yo puedo bajar corriendo a ver qué le pasa, pero a ella no le metas prisa para entrar.
En otra ocasión, estábamos viendo la tele con la gata profundamente dormida en el sofá y Mr. Right se levantó para ir a la cocina, con tan mala suerte que al pasar por el sofá donde estaba se golpeó un pie (iba en calcetines) Mientras se paralizaba en silencio con un gesto de dolor, la gata le soltó cuatro MIAUS bien soltados, cuyo tono no dejaba dudas sobre su indignación por haber sido despertada. Lo mismo me hizo a mí otro día que estornudé y no digamos cuando la desperté a posta para darle una medicación; la bronca debió de oírse hasta en la consulta del veterinario. Tiene unos ojos, por cierto, azules como el mismo cielo. Los mismos que tenía su hermano, mi gatazo precioso. Y es tan guapa, que muchas veces le digo que tendría que sacarle una licencia para ir por el mundo con esa carita.
Desde que se fue Ken, mi niña ha cambiado sus hábitos. Antes se pasaba el día donde estuviera su hermano, ahora ha elegido el salón, el sitio con más luz de la casa, para dormir sus horas (siempre ha sido muy dormilona, me parto con ella) y acurrucarse en mi falda en cuanto me siento. La conexión que tengo con esta aristogata de peluche es increíble. Me busca siempre, en cuanto me ve maúlla aunque se haya pasado el día "sin haber gata" como dice Mr. Right; si la cojo o la acaricio ronronea como si no hubiera un mañana, se duerme durante horas en mi regazo, la barbillita apoyada en mi pecho y la patita estirada como para abrazarme. Si me gustan los animales, por esta gata tengo adoración. Siempre la he tenido, pero hasta ahora no la había presentado en este blog. Quizá porque no hace falta: vive en mi corazón. Ella es la ilusión de una buena parte de mi existencia y la demostración viviente de una frase que me encanta: Hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida.

Va a hacer un año de que murió mi gatito. Te comprendo. Un beso
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